Bautizar una mascota no es tan fácil como parece. No pocos dueños, a fuerza de intentar ser originales, van dejando atrás los nombres tradicionales e intentan identificar a sus animalitos con el mote de personajes de telenovelas, películas, o los del propio santoral...
Margarita Barrio y Dora Pérez
Llamarse Perro Caliente no es muy común. Generalmente se asocia el término con un delicioso pan con embutido, aderezado con mostaza y catsup. Sin embargo, en el Vedado se conoce a un pequeño can nombrado así.
Su dueña, Juana Carrasco, cuenta que al nacer hubo polémica en la familia para ponerle el nombre adecuado. Como se trataba de un salchicha casi legítimo, una vecina lo bautizó con el apetitoso epíteto.
A pesar de lo complicado del calificativo, Perro Caliente responde sin demora a su llamado, y haciendo gala de su mote, enamora a cuanta hembra se le para delante.
Y es que —tal y como ha sucedido con los nombres de personas— aquellos calificativos que tradicionalmente usaron nuestras mascotas: Motica, Manchita, Canelo o Sultán, han sido desplazados por otros que retan la imaginación de cualquier escritor.
En ocasiones, encontrar el “patronímico” apropiado para la mascota puede traer no solamente discusiones en la familia, sino problemas con los vecinos.
Una historia contada a estas reporteras, da cuenta de un edificio de apartamentos del municipio de Cerro, cuya puerta de acceso está cerrada, y donde viven dos Blanquitas —una de ellas, perra. La otra es una mujer que ha pedido a aquellos que la van a visitar que la llamen por el nombre de su hija, pues la algarabía de la “tocaya”, al oír su nombre, es tal, que molesta a todo el vecindario.
Otro hecho gracioso sucedió hace poco en un hospital materno, donde una abuela decía orgullosa que le pondría Ámbar a la niña que esperaban. El deseo se truncó cuando una oportuna amiga le advirtió que la pequeña perrita de otra compañera llevaba justamente ese nombre.
Historias como estas no ocurren únicamente en Cuba. Lo demuestra un cable de la agencia AFP del 28 de octubre del año pasado, el cual comentaba un proyecto de ley brasileño que prohibía bautizar mascotas con nombres de personas.
Según la información, el diputado del Partido Trabalhista Brasileño (PTB) que presentó la idea, ha recibido en los dos últimos años 2 000 correos electrónicos de personas, sobre todo del interior del país, quejándose porque sus nombres coincidían con los de perros, gatos, peces, caballos y otros animales domésticos.
Para complacer a tantas personas heridas en su amor propio, la ley propuso que las clínicas veterinarias y los establecimientos donde se venden animales exhiban un cartel explicando la prohibición y que se castigará con una multa o con la obligación de prestar servicios comunitarios a los desobedientes.
Para cerrar este debate, podríamos recomendar, tanto a cubanos como a cariocas, seguir el consejo dado hace muchos años por el reconocido antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, quien en su obra El pensamiento salvaje, afirma lo siguiente: “El nombre escogido ha de ser, para la civilización a la que pertenezco, alguno reconocible como perteneciente a la clase de nombres de perro (…) es decir, que no ha de coincidir con el nombre elegido por mi vecino”.
PERRO: EL MEJOR AMIGO
Los antiguos egipcios tenían al perro como un miembro más de la familia, lo amaban y lo protegían. Abundan evidencias de pinturas en sepulcros, obras de arte y escritos, que muestran cómo los canes recibían la mejor alimentación, eran bañados y cepillados.
Tales actitudes tenían su correspondencia al nombrar a los animales, los que generalmente recibían apelativos afectuosos que, con frecuencia, incluían el vocablo abu —que significa “reverenciado”, “amado” y “padre”—; la palabra ubis —“protector”—, o el término hhi —“mío”.
Los arqueólogos han traducido casi 80 nombres de perros. Unos hacen referencia a la personalidad, trabajo o talento del can, como Fiel, Buen Pastor o Espada. Otros, a sus características físicas: Formado como Flecha, o Ébano. Los canes de guerra solían tener un número que los identificaba: el Quinto, el Sexto, en correspondencia con el lugar que ocuparon al nacer la camada. No obstante, si durante los combates el animal se distinguía, a la cifra se le agregaba un apodo: Segundo, el Valeroso, por ejemplo.
Margarita Barrio y Dora Pérez
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