Entre 1975 y 1979, el dictador socialista Pol Pot ordenó masacrar a más de tres millones de ciudadanos camboyanos sospechosos de no plegarse a sus consignas marxistas. La izquierda maoísta llevada a sus últimas consecuencias. Quienes no tenían ropa, portaban un imperdible con su identificación clavado en la piel de su pecho. Hombres, mujeres y niños sufrieron los horrores del...
marxismo-maoísta, basado en el supuesto poder del pueblo, la revolución campesina y en el culto a una especie de Gran Hermano encarnado en el todopoderoso dictador.
Muchos de los que hoy en día visitan la zona de los antiguos campos de concentración (por ejemplo, Tuol Sleng, conocido como "cárcel de interrogatorios") sufren vómitos, mareos y hasta desmayos, al observar los aparatos de tortura con que los partidarios del régimen marxista vejaban a los ciudadanos que les resultaban sospechosos de no ser sus seguidores. Todavía quedan algunos carteles que dicen: "Mientras reciba azotes o descargas eléctricas no debe gritar". Asombroso.
Uno de los mayores horrores se encarna en el "árbol de los niños", contra el que miles de menores fueron estampados hasta morir, bien porque los militares no querían dispararles, bien para ahorrar las balas del Estado. Muchos adultos fueron enterrados vivos por el mismo motivo, y por haber cometido el terrible crimen de saber leer o tener un título académico.
Si quieren tener un recuerdo gráfico de este tormento humano, de este genocidio político, pueden ver la película "The killing fields". Es duro, pero quizás merezca la pena que los crímenes políticos se mantengan en la memoria de todos.
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